sábado, 27 de julio de 2013

Nos vamos a Arequipa!!

Después del desayuno salimos al aeropuerto. El pronóstico del tiempo es frísimo así que más nos vale tomar precauciones y hacernos, por lo pronto, de unos gorros típicos y calentitos y una variedad de dulces de coca y maca para aumentar la energía. 
Poco antes de aterrizar los Andes aparecieron por la ventanilla. Fue muy emocionante!
Arequipa es una ciudad muy antigüa construida con sillar blanco, por eso y entre otras cosas, se conoce como la ciudad blanca. 
Los incas y pre-incas desarrollaron el método de cultivo en terrazas: diferentes micro climas construidos en las montañas que conservan mejor la temperatura y la humedad que el valle, además de formar un paisaje muy peculiar. Estas montañas junto con los volcanes completamente nevados, las diferentes tonalidades de verde y la arquitectura de la ciudad ofrecen una vista única.
Conocimos algunas construcciones religiosas. Mi favorita: el Monasterio de Santa Catalina, tan grande que es conocido como la ciudadela"la ciudad dentro de la ciudad."
La tradición en aquel tiempo, el año de 1579, obligaba a la segunda hija de familia a ingresar al Monasterio a los 12 años, después de 6 años de prueba la niña tomaba los hábitos y podía renunciar, aunque esto era muy mal visto y era motivo de vergüenza. Los padres no volvían a ver ni a tocar a sus hijas una vez dentro.
La mayoría de las religiosas provenían de familias españolas muy adineradas, los padres daban una dote al ingreso de sus hijas. Una vez que pasaban el periodo de prueba y profesaban podían llevar al Monasterio a su sirvienta, con quien compartían su celda. Las celdas eran muy grandes y estaban amuebladas y acondicionadas con regalos de los padres sin ningún tipo de austeridad. 
También había un internado personalizado; las niñas ingresaban a los 6 años al monasterio al cuidado permanente de una religiosa, a los 12 decidían si se quedaban o se iban.
El Monasterio se sostenía con las dotes de las familias y con el trabajo de las religiosas, que hacían ostias, bordaban y preparaban dulces, además de rezar.
Al morir eran veladas y enterradas en el Monasterio y se les hacía un retrato póstumo.
Actualmente viven 20 religiosas de la Orden de Santa Catalina que entraron voluntariamente, siguen rezando y preparando dulces pero ya tienen contacto con el mundo exterior.








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